El agua de Marte escapa al espacio

El agua que hay en Marte no está confinada en su atmósfera interior, sino que se transporta a la superior y allí se convierte en hidrógeno atómico que escapa al espacio, según las evidencias que publica este jueves 12 de noviembre del 2020 en un estudio la revista Science.

En el pasado, el agua fluía por la superficie marciana, donde ha dejado señales en forma de lechos de ríos y costas, sin embargo hoy hay muchísima menos y se considera que la mayoría está encerrada en los casquetes polares, con solo algunas trazas de vapor de agua en la atmósfera.

Un equipo liderado por Shane Stone de la Universidad de Arizona empleó datos tomados por la sonda espacial estadounidense MAVEM en la parte superior de la atmósfera marciana, donde encontraron trazas de agua en altitudes más altas de lo esperado.

La llegada de agua a la atmósfera superior, a través de las tormentas de polvo y estacionales, «podría haber jugado un papel sustancial en la evolución del clima marciano desde su estado cálido y húmedo hace miles de millones de años hasta el planeta frío y seco que observamos hoy en día», según Stone.

Este mismo proceso domina la actual pérdida de agua del planeta rojo, indican los autores de la investigación. La mayor parte del agua de Marte se ha convertido lentamente en hidrógeno en la atmósfera, que se pierde en el espacio, lo que acabó gradualmente con ella durante varios miles de millones de años, en un proceso que continúa hoy en día.

El estudio indica que el agua es transportada directamente a la atmósfera superior y convertida allí en hidrógeno atómico por medio de reacciones con los iones atmosféricos.

La abundancia de agua en la atmósfera superior de Marte varía según las estaciones. Alcanza su máximo en el verano austral, aumentando durante las tormentas de polvo regionales y globales.

EFE

El sexo y otras 5 extrañas alergias que afectan a muy poca gente

Hay muchas personas que sufren alergias molestas como los frutos secos, el polen, los pelos de los animales o las picaduras de insectos. Pero también hay algunas alergias muy raras, que afectan a poca gente. Gizmodo ha recogido cinco de ellas.

Alergia al agua

Existe una cosa llamada urticaria acuagénica: el contacto con la piel con cualquier fuente exterior de agua provoca una sensación de dolor y picor que dura horas. Poco se sabe de esta condición, pero ocurre más en mujeres y los síntomas aparecen en la pubertad. En 2016 se conoció el caso de Rachel Warwick, una mujer británica que ni siquiera podía sudar.

Alergia a las vibraciones

Otra extraña urticaria es la que sienten algunas personas tras experimentar vibraciones en la piel. Además, pueden desarrollar enrojecimiento, dolor de cabeza y sabor metláico en la boca. Puede desencadenarse sólo frotando con una toalla, andando en bici o aplaudiendo. En este caso sí se ha hallado una mutación genética que la provoca.

Alergia al frío

Las bajas temperaturas también pueden provocar trastornos inmunológicos, como el hombre que casi muere de anafilaxia tras salir de una ducha caliente. Esta alergia al frío tampoco tiene explicación.

Alergia a la carne roja

Algunas personas son alérgicas a la carne roja. En realidad, la alergia es a un azúcar que se encuentra en los músculos de la mayoría de los mamíferos (no humanos) llamado alfa-gal. Se contrae si te pica una garrapata llamada ‘Lone Star’, que sensibiliza al sistema inmunológico para que reaccione de manera exagerada al alfa-gal.

Alergia al sol

La llamada urticaria solar produce ronchas rojas a los pocos minutos de exposición al sol, independientemente de la temperatura. Esta urticaria puede ser causada cuando se crean sustancias químicas fotosensibles en el cuerpo en respuesta a la radiación UV.

Alergia al sexo

Es habitual que haya alergia al látex (de los preservativos), pero existe una alergia aún más extraña: las personas que desarrollan una exagerada reacción inmune al semen. Se cree que las culpables son las proteínas que contiene el esperma. En un caso estudiado, los médicos lograron desensibilizar la reacción de una mujer exponiendo primero su vagina al semen de su pareja y luego recetarle una dosis regular de sexo a la pareja, cada 48 horas.

NASA confirma que hay agua en la Luna; Nature Astronomy difundió estudio

La Luna contiene agua helada, según nuevos datos inequívocos de detección, y en su superficie hay numerosos cráteres, incluso muy pequeños, a los que nunca llega la luz solar, donde esta podría estar atrapada de forma estable, lo que puede tener implicaciones para futuras misiones humanas.

Nature Astronomy publica este 27 de octubre del 2020 dos estudios firmados por científicos estadounidenses, uno de los cuales señala la inequívoca detección de agua molecular (H20) en la Luna y el otro sugiere que aproximadamente 40 000 metros cuadrados de su superficie, de los que un 40 % están en el sur, tiene la capacidad de retener agua en las llamadas trampas frías.

Hace dos años ya se habían detectado signos de hidratación en la superficie lunar, particularmente alrededor del polo Sur, que posiblemente correspondían a la presencia de agua, pero el método empleado no podía diferenciar si se trataba de agua molecular (H2O) o de hidroxiles (radicales llamados OH).

En esta nueva publicación, un equipo dirigido por Casey Honniball de la Universidad de Hawai, usó datos del Observatorio Estratosférico de Astronomía Infrarroja (SOFIA) de la NASA, un avión Boeing 747SP modificado para transportar un telescopio reflector.

Los datos fueron tomados del cráter Clavius, cerca del polo Sur, que fue observado por SOFIA en una longitud de onda de seis micras, a la que el agua molecular produce una firma espectral única.

Las observaciones previas, a una longitud de tres micras, señalaban indicios de agua, que «todavía dejaban abierta una explicación alternativa», pero los nuevos datos «no tienen otra explicación que la presencia de agua molecular», dice Ignasi Ribas, astrofísico del Instituto de Estudios Espaciales de Cataluña (IEEC) y del Instituto de Ciencias del Espacio del CSIC.

El agua, atrapada dentro de granos de polvo o de cristales, cuando es excitada por la luz del Sol vibra y la vuelve a emitir a una longitud de onda de seis micras.

«En la práctica, es como si esas zonas de la Luna brillaran más que lo que deberían a esa longitud de onda», agrega Ribas comentando el artículo del que no es firmante.

Los investigadores estiman que la abundancia en las altas latitudes meridionales es de 100 a 400 gramos de H2O por tonelada de regolito (el material del que está formado la superficie lunar) y la distribución del agua en ese pequeño rango de latitud es resultado de la geología local y «probablemente no un fenómeno global».

Esa cantidad de agua es mucho menor que en la Tierra, «pero es más que cero», indica Ribas, quien recuerda que las condiciones en la Luna son extremas por lo que es difícil retenerla pues se evapora y escapa.

El segundo estudio, encabezado por Paul Hayne de la Universidad de Colorado Boulder, examinó la distribución en la superficie lunar de zonas en un estado de oscuridad eterna, en las que el hielo podría ser capturado y permanecer estable.

«En las trampas frías las temperaturas son tan bajas que el hielo se comportaría como una roca», si el agua entra ahí «no irá a ninguna parte durante mil millones de años», señala el científico citado por la universidad.

Aunque no se puede probar que estas trampas frías realmente contengan reservas de hielo -«la única forma de hacerlo sería ir allí en persona o con rovers y cavar», dice Hayne- los resultados «son prometedores» y futuras misiones podrían arrojar aún más luz sobre los recursos hídricos de la Luna.​

El estudio se hizo con datos del Orbitador de Reconocimiento Lunar de la NASA para evaluar una gama de posibles tamaños de trampas frías, las cuales podrían ser mucho más comunes en la superficie de la Luna de lo sugerido en investigaciones anteriores.

El equipo usó también herramientas matemáticas para recrear cómo podría ser la superficie lunar a muy pequeña escala y la respuesta es que sería «un poco como una pelota de golf», repleta de pequeños hoyos.

El estudio indica que las «micro» trampas frías, en ocasiones de un tamaño no superior a un céntimo de euro, son cientos o miles de veces más numerosas que las de mayor tamaño, que pueden tener varios kilómetros, y se pueden encontrar en ambos polos.

Los autores sugieren que aproximadamente 40 000 metros cuadrados de la superficie lunar tiene la capacidad de atrapar agua, cuya presencia puede tener implicaciones para futuras misiones lunares que tengan como objetivo el acceso a estos potenciales depósitos de hielo.

«Si estamos en lo cierto -consideró Hayne-, el agua va a ser más accesible», teniendo en mente, en un futuro, el posible establecimiento de bases lunares.

La existencia en la Luna de agua que potencialmente se pueda usar es una perspectiva «muy interesante» y «emocionante», destaca Ribas, aunque el tiempo dirá si se puede utilizar para ayudar a futuras bases lunares.

EFE

¿Cómo llegó el agua a la Tierra?, estudio propone una nueva teoría

El agua cubre un 70% de la superficie de la Tierra y es una sustancia crucial para la vida en el planeta, pero cómo llegó el líquido hasta aquí sigue siendo materia de debate científico.

Este añejo acertijo se acercó a su resolución tras el anuncio de un equipo de científicos franceses, que en una publicación reciente en la revista Science dijo que logró identificar las rocas espaciales que pudieron ser las responsables de traer el agua a la Tierra.

La cosmoquímica Laurette Piani, que lideró la investigación, dijo a la AFP que, al contrario de teorías prevalecientes, el agua del planeta podría haber estado contenida en sus bloques esenciales.

Según los primeros modelos que explican la formación del Sistema Solar, los grandes discos de gas y polvo que se arremolinaban alrededor del Sol y terminaron formando los planetas interiores estaban demasiado calientes como para formar hielo.

Esto podría explicar las condiciones de esterilidad de Mercurio, Venus y Marte, pero no del planeta azul, con sus vastos océanos, una atmósfera húmeda y su geología bien hidratada.

La idea más frecuente es que el agua apareció en una etapa posterior, traída por un objeto extraterrestre, y entre ellos los principales sospechosos son los meteoritos que poseen agua en abundancia, conocidos como condritas carbonáceas.

El problema, sin embargo, era que su composición química no coincide plenamente con la de las rocas de la Tierra.

Además, esas condritas se formaron en las afueras del Sistema Solar, lo que baja su probabilidad de haber golpeado al planeta cuando era joven.

Bloques fundamentales de la Tierra

Otro tipo de meteoritos, llamado condritas de enstatita, poseen una composición química mucho más cercana, lo que indica que constituyen los bloques fundamentales que formaron la Tierra y los otros planetas interiores.

De estas rocas, que se formaron cerca del sol, se asumía que eran demasiado secas para justificar las enormes reservas de agua del planeta.

Para probar si esa presunción era cierta, Piani y sus colegas de la Universidad de Lorraine utilizaron una técnica de medición llamada espectrometría de masas para cuantificar el contenido de hidrógeno en 13 condritas de enstatita.

Encontraron que las rocas contenían suficiente hidrógeno en su interior como para proveer a la Tierra con al menos tres veces la masa de agua de sus océanos.

También midieron los dos tipos de hidrógeno, conocidos como isótopos, porque la proporción relativa de estos es muy diferente entre distintos cuerpos del Sistema Solar.

«Encontramos que la composición de hidrógeno isotópico de las condritas de enstatita es similar a la del agua almacenada en el manto terrestre», dijo Piani, que comparó el hallazgo a una coincidencia en el ADN.

La investigación de su equipo no excluye que más agua haya llegado luego de otras fuentes como cometas, pero el trabajo indica que las condritas de enstatita realizaron un aporte significativo a la cantidad de agua de la Tierra en su etapa de formación.

El hallazgo de los científicos «aporta un elemento crucial y elegante a este rompecabezas», escribió Anne Peslier, científica planetaria de la NASA, en una editorial que acompaña la publicación.

AFP

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