Estados Unidos recomienda no visitar Ecuador por alto riesgo de contagio de covid19

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de los Estados Unidos recomendaron a sus ciudadanos no visitar Ecuador , incluyendo sus islas Galápagos. Esto por el alto riesgo de contagio de coronavirus.

Los CDC ubican a Ecuador en el nivel cuatro, siendo el nivel más elevado de riesgo de contagio. Esta advertencia preocupa al sector turístico del país, quien ha sido el más golpeado en la pandemia, sobre todo al archipiélago.

Los CDC sugieren también a sus ciudadanos que si viajan a Ecuador deberían estar vacunas contra: sarampión, varicela, tétano, influenza, polio, hepatitis, tifoidea, malaria, rabia y fiebre amarilla.

En una entrevista para Ecuavisa, el presidente del Consejo de Gobierno de Galápagos, Norman Wray, indicó que la comunidad que vive en Galápagos ha sido muy responsable con las medidas de bioseguridad. Además agregó que actualmente las Islas son un lugar seguro para viajar en el marco de una «pandemia».

La provincia de Galápagos es la más baja en registrar casos de covid-19. Desde el 29 de febrero de 2020 hasta el miércoles 17 de febrero de 2021, se han contabilizado 1.284 casos, según cifras oficiales del Ministerio de Salud.

Por otro lado, se conoció que en el feriado de Carnaval ingresaron solamente 170 turistas extranjeros a Galápagos, en comparación del año pasado llegaron 2.371.

A nivel nacional el país sumó este miércoles 146 nuevos casos de COVID-19, con lo que acumuló 268.219 contagios positivos de la enfermedad durante la pandemia, mientras que los decesos ascienden a 15.394, indica el MSP.

Estados Unidos, por su parte, es el país más afectado por la pandemia con 27,8 millones de casos y casi 500.000 fallecidos. Sin embargo, el 12% dela población (40 millones) ya han recibido una dosis de la vacuna contra el covid-19, siendo unos 15 millones que ya recibieron la segunda dosis.

Joven que pagó un Lamborghini con ayudas por covid-19 se declara culpable

David Hines, acusado de obtener fraudulentamente USD 3,9 millones en ayudas federales para empresas afectadas por el covid-19 y usar parte del dinero para comprar un auto Lamborghini y darse otros lujosos caprichos, se declaró culpable ante un Tribunal del sur de Florida,EE.UU.

La audiencia se celebró el miércoles 10 de febrero del 2021 vía Zoom y en la misma quedó decidido que Hines, residente en Miami, recibirá sentencia en abril próximo, según informaron este jueves 11 medios locales.

El caso de Hines tuvo un gran eco en Florida, un estado muy afectado económicamente por la pandemia donde se produjeron muchas quejas por la dificultad y la lentitud de los trámites para obtener las ayudas federales ante la crisis del covid-19.

A Hines, que tenía 29 años cuando fue detenido en julio pasado, las autoridades le incautaron un Lamborghini Huracán valorado en USD 318 000 y la suma de USD 3,4 millones en cuentas bancarias.

De acuerdo con la información proporcionada por la Fiscalía cuando fue detenido, Hines solicitó los créditos a fondo perdido del Programa de Protección de Salarios (PPP) a nombre de diversas empresas para supuestamente pagar los salarios de sus trabajadores durante el cierre de actividades por la pandemia.

Hines fue acusado de un cargo de fraude bancario, otro de declaración falsa a una institución financiera y un tercero por transacciones con ganancias ilegales.

Aparentemente solicitó ayudas del programa PPP por hasta USD 13,5 millones en nombre de diferentes compañías y a través de una institución financiera logró que le desembolsaran USD 3,9 millones.

Pero levantó sospechas y una investigación descubrió que no había pagado salario alguno pero sí había cancelado por la compra de objetos de lujo y por estancias en hoteles de Miami Beach.

El Comercio

Adulta mayor sobrevive en EE.UU. encerrada cuatro días en su vehículo por la nieve

Una estadounidense de 77 años sobrevivió tras pasar cuatro días atrapada en su vehículo por la nieve que quedó amontonada tras el paso de máquinas quitanieves, según informaron este viernes 5 de febrero del 2021 varios medios locales.

La mujer, que no tiene hogar y estaba viviendo en su furgoneta aparcada en una calle de Newark (Nueva Jersey), se quedó dormida en el vehículo en la noche del domingo 31 de enero, cuando comenzó una fuerte nevada en la costa Este de Estados Unidos.

Cuando despertó, las puertas habían quedado totalmente bloqueadas por grandes cantidades de nieve que habían apartado de la carretera las máquinas quitanieves. Según aseguró a la cadena News 12 New Jersey, utilizó repetidamente el claxon (bocina) para tratar de llamar la atención de alguien, pero no tuvo éxito. Además, llamó a los servicios de emergencia, pero nadie vino a liberarla hasta pasados varios días.

Según dijeron a The New York Times las autoridades locales, el rescate se retrasó porque cuando la mujer llamó por primera vez el operador anotó una dirección errónea y la adulta mayor no respondió luego a las llamadas que se le hicieron para tratar de tener la localización correcta. La mujer, identificada como Janet Ward, logró finalmente contactar con el Departamento de Bomberos a primera hora del jueves 4 de febrero y fue rescatada poco después.

Ward tenía comida y agua en el interior de su furgoneta y no necesitó atención médica, según recogen los medios locales. El temporal invernal que afectó esta semana la costa Este estadounidense fue uno de los mayores de los últimos años y golpeó con fuerza la región de Nueva York (donde se encuentra la ciudad de Newark), dejando importantes cantidades de nieve que aún continúan presentes varios días después.

Fuente: El Comercio

EE. UU. condena represión a manifestantes opositores en Rusia

Washington condena las «tácticas brutales» de Rusia contra los manifestantes que reclaman la liberación del opositor Alexéi Navalni, afirmó este domingo el jefe de la diplomacia estadounidense, Antony Blinken.

«Estados Unidos condena el uso persistente de tácticas brutales de Rusia contra manifestantes pacíficos y periodistas por segunda semana consecutiva y repite su llamamiento a liberar a quienes fueron detenidos, entre ellos Alexéi Navalni», afirmó en Twitter el secretario de Estado.

La policía rusa desplegó este domingo un importa

Según la organización OVD-Info, especializada en el seguimiento de las manifestaciones en Rusia, hubo al menos 1.643 arrestos en 70 ciudades. La mayoría, 338, tuvieron lugar en Moscú.

Desde su regreso a Rusia el 17 de enero, Navalni es objeto de múltiples procedimientos judiciales que se deben, según él, a motivos políticos.

El opositor comparecerá ante los jueces la próxima semana.

Estas nuevas movilizaciones tienen lugar tras las protestas del sábado pasado, que congregaron a decenas de miles de rusos y se saldaron con más de 4.000 detenciones y la apertura de unos 20 procedimientos penales.

Rusia denuncia «injerencia grosera» de EE. UU.

Moscú denunció el domingo la «injerencia grosera» de Estados Unidos, que criticó las detenciones masivas de manifestantes en las protestas en Rusia para exigir la liberación del opositor Alexéi Navalni.

«La injerencia grosera de Estados Unidos en los asuntos internos de Rusia es un hecho probado, así como la promoción de falsas informaciones y los llamados a participar a acciones ilegales por parte de plataformas en línea controladas por Washington», afirmó en Facebook el ministerio ruso de Relaciones Exteriores.

El Universo

Madre explicó en cuatro cartas cómo asesinó a sus cinco hijos e incendió la casa

Oreanna Antoinette Myers, un mujer que padecía depresión, dejó cuatro notas en las que explicó cómo asesinó a sus tres hijos y dos hijastros de un tiro en la cabeza ,y luego incendió la casa.

Las cuatro notas, entre estas una dirigida a su marido, fueron escritas a mano. El múltiple asesinato ocurrió en West Virginia, Estados Unidos. Los detalles sobre el crimen fueron revelados por la policía el pasado 8 de diciembre.

Las cartas, cada una con un título diferente, las guardó la madre de 25 años en unas bolsas con cierre hermético. Tres de estas fueron encontradas pegadas con cinta al vidrio del asiento de pasajero del auto de Brian Bumgarner, esposo de Myers.

A continuación, las cartas escritas por Oreanna Antoinette Myers.

Dos de los cinco niños asesinados
Dos de los cinco niños asesinados

NOTA 1: A quien la encuentre primero

Usted necesita llamar a Brian Bumgarner. Él es padre e hijo. Usted necesita llamar a Raven, ella es la madre de Shaun y Riley.

Si alguien por favor llama a mi madre, díganle que lo siento, esto fue solo culpa mía y de nadie más.

Mis demonios ganaron sobre mí y no hay vuelta atrás. Lo siento tanto que no fui lo suficientemente fuerte. Gracias. XOXO. OAM

NOTA 2: Mi confesión

Le he disparado a los niños en la cabeza. Le prendí fuego a la casa. Me he disparado en la cabeza. Lo siento.

La salud mental es algo serio. Espero que algún día alguien ayude a otras como yo.

La salud mental es algo con lo que no se puede bromear ni tomar a la ligera. Cuando alguien suplique y pida ayuda a gritos, por favor ayuden a esa persona.

Usted puede salvar una o más vidas. Gracias. OAM.

Los hijos de la pareja
Los hijos de la pareja

NOTA 3: Testamento

Esta nota no fue divulgada por las autoridades durante una conferencia de prensa, ya que la consideraron muy “personal”, según reveló el diario The Sun.

Sin embargo, la policía dijo que en el papel hay huellas con sangre de la mujer justo al lado de sus iniciales “OAM”.

Carta al esposo

También con el rastro sangriento de sus huellas dactilares en el papel, sobre el piso del vehículo de su marido la mujer dejó la cuarta carta.

XOXO. Lo siento mucho, Brian. No fui lo suficientemente fuerte ni para ti ni para esta familia.

Lo siento por este crimen malvado. No fui lo suficientemente fuerte para pelear contra estos demonios.

Chasquido. Crujido. Explosión. Tan deprimida. El corazón entumecido. Mi alma completamente hecha pedazos.

Siento que te he fallado. Siento que le fallé a nuestros hermosos niños. Siento que no fui lo suficientemente fuerte. OAM.

Bumgarner junto a uno de sus hijos
Bumgarner junto a uno de sus hijos

El Caso

Haiken Jirachi Myers, de un año, Arikyle Nova Myers, de tres años, Kian Myers, de cuatro, Riley James Bumgarner, de seis, y Shaun Dawson Bumgarner, de siete años, fueron encontrados muertos dentro de la casa. Mientras que el cuerpo de la mujer fue hallado fuera.

Por su parte, Bumgarner no se encontraba en ese momento en casa, porque se encontraba de viaje. La policía mostró un video en el que se ve a dos de los niños bajando de un autobús escolar el día del asesinato.

Obviamente no podemos determinar por qué Oreanna Myers decidió acabar con su vida y la de sus hijos. Sin embargo, a través de todas las pruebas obtenidas durante la investigación y toda la información recogida, podemos concluir que los hechos ocurrieron el pasado 8 de diciembre de 2020 en la calle 611 Flynns Creek”, dijo la policía.

Fuente: Infobae

Lenín Moreno se reunirá con la Gerente del FMI en EE.UU.

El presidente Lenín Moreno sostendrá la tarde de este martes 26 de enero del 2021 una reunión con Kristalina Georgieva, directora-gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), institución que, el pasado septiembre, aprobó el desembolso de USD 6 500 millones para Ecuador.

La cita forma parte de la agenda enmarcada en el ámbito económico y diplomático, que el primer mandatario y su comitiva oficial desarrollan en Estados Unidos desde el martes 26 de enero.

La reunión tiene por objetivo respaldar las políticas de Ecuador para estabilizar la economía nacional y proteger la salud de los ecuatorianos en medio de la pandemia del covid-19.

«De este monto, en 2020, llegaron al país USD 4 000 millones; en 2021, llegarán USD 1 500 millones; y, en 2022, USD 1 000 millones restantes», afirmó la Secretaría de Comunicación. Moreno también se reunirá con el presidente del Grupo Intra-parlamentario de Hispanos de la Cámara de Representantes, el congresista Raúl Ruiz, con la finalidad de estrechar lazos diplomáticos entre los diferentes sectores de ambas naciones.

Posterior a ello, la cita será con Axel van Trotsenburg, director–gerente de Operaciones del Banco Mundial (BM).

«De esta manera el Gobierno Nacional siembra un mejor futuro para el país, con importantes acuerdos, positivas relaciones internacionales y, sobre todo, demostrando que para Ecuador, el bienestar de todos los ciudadanos es prioridad gubernamental», concluyó la Secretaría de Comunicación.

Fuente: El Comercio

Lenín Moreno inicia jornada de reuniones de alto nivel en EE.UU.

El presidente Lenín Moreno iniciará este lunes 25 de enero del 2021 una jornada de trabajo en Estados Unidos, país en el que sostendrá reuniones de alto nivel con políticos de ese país, organismos internacionales, multilaterales y universidades.

«Fortalecemos las relaciones internacionales! Esta semana, en Washington D.C, mantendré varias reuniones de alto nivel con políticos de EE.UU., organismos internacionales, multilaterales y universidades, para tratar temas de importancia para el país», afirmó el Jefe de Estado a través de su cuenta en Twitter.

El viaje oficial tiene como objetivo abordar temas de cooperación, asuntos económicos y de inversión en reuniones de alto nivel. La mañana de este lunes 25 de enero del 2021, el Jefe de Estado mantendrá una reunión con expertos internacionales en temas políticos y comerciales, para analizar la situación actual y las expectativas del Gobierno estadounidense.

Acudirán a esa cita representantes de varias instituciones, entre ellas, de Arnold y Porter, Holland & Knight, Universidad George Washington, Global Americans y Universidad de Georgetown. Además, estarán presentes el embajador Carlos Játiva, representante permanente de Ecuador ante la Organización de Estados Americanos (OEA); el embajador Eduardo Calderón, cónsul de Ecuador en Washington; y Michael Fitzpatrick, embajador de Estados Unidos en Ecuador.

En el segundo encuentro del día, Moreno y su delegación mantendrán una reunión con el congresista Gregory Meeks, presidente del Comité de Asuntos Internacionales de la Cámara de Representantes, con el objetivo de revisar el estado de los procesos acordados entre los dos países y expresar nuestra confianza en la profundización y continuidad de estas relaciones.

La última reunión planificada para este primer día será con Mauricio Claver-Carone, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), institución financiera multilateral que en el año 2020 desembolsó USD 757 millones a Ecuador para aliviar el impacto de la pandemia, reactivar la economía y fortalecer la protección social.

Mediante Decreto Ejecutivo N° 1233, el pasado 22 de enero, Moreno declaró en comisión de servicios a la comitiva oficial que lo acompaña en esta visita, la cual está conformada por: la presidenta del Comité Interinstitucional del Plan Toda Una Vida, Rocío González de Moreno; el secretario General de Gabinete, Juan Sebastián Roldán; la secretaria General de Comunicación, Caridad Vela; el canciller, Luis Gallegos; y la embajadora de Ecuador en Estados Unidos, Ivonne Baki. Por motivos ajenos a su control, el ministro de Economía y Finanzas, Mauricio Pozo, se vio imposibilitado de viajar a Washington.

Fuente: El Comercio

Estados Unidos, en alerta ante escasez de vacunas contra el COVID-19

Pese a que el presidente estadounidense Joe Biden empezó su mandato con la promesa de que administrará 100 millones de dosis de la vacuna en sus 100 primeros días en el poder, el estado y la ciudad de Nueva York, que el año pasado llegó a ser el epicentro de la pandemia, cerraron 15 centros de vacunación después de que se agotaran las dosis.

“En el momento en que lleguen las vacunas, nuestro objetivo es ponerlas en los brazos (de la gente) lo antes posible”, aseguró el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, al anticipar que se ampliarán los puntos de vacunación para abarcar principalmente a las comunidades negras y latinas, las más afectadas por el virus.

Cuomo admitió, sin embargo, que “250.400 dosis por semana no es suficiente” para ese estado, donde hasta ahora más de un millón de personas han recibido la primera dosis.

The New York Times reveló el fin de semana que centros sanitarios a lo largo del país han tenido que cancelar miles de citas para suministrar la vacuna ante la escasez de dosis.

La situación es especialmente grave en Texas, que tiene un promedio de alrededor de 20.000 nuevos casos al día, lo que genera preocupaciones sobre si los funcionarios de salud podrán frenar la propagación cuando no puedan conseguir las vacunas que necesitan desesperadamente para hacerlo, asegura la publicación.

Un hospital de la ciudad de Beaufort (Carolina del Sur) canceló 6.000 citas para vacunas después de recibir solo 450 de las dosis que esperaba.

La escena se repitió en Hawái, donde un hospital canceló 5.000 citas de primera dosis y decidió poner en espera 15.000 solicitudes de vacunas.

En San Francisco –cuyo estado, California, acumula la mayor cantidad de contagios en el país, con más de 3 millones de positivos– se ha reducido el ritmo de asignación de citas por temor a que no hayan suficientes dosis.

La alcaldesa de Miami-Dade, Daniella Levine Cava, ordenó el sábado a todas las entidades que están vacunando que publiquen diariamente los detalles del proceso y del escaso inventario de vacunas en el condado, el de mayor incidencia en el estado de Florida.

En tanto, del otro lado del mundo, la Unión Europea (UE) intenta presionar a las empresas farmacéuticas para que entreguen las dosis de vacunas contra el coronavirus que se habían comprometido a proporcionar durante el primer trimestre del año, tras los anuncios de retrasos por parte de Pfizer y AstraZeneca.

El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, aseguró ayer que los laboratorios mantendrán el calendario inicial de entregas de vacunas en el bloque a partir de hoy, después de que interviniera para que se respetaran contratos.

Ayer, el primer ministro de Italia, Giuseppe Conte, anunció que su país emprenderá acciones legales contra la farmacéutica AstraZeneca por la reducción del lote de vacunas del coronavirus, como ya ha hecho con Pfizer y BioNtech por los mismos motivos.

El 15 de enero, Pfizer confirmó un cambio en su capacidad de producción de la vacuna contra el coronavirus que reduciría el número de ellas que se distribuirían en Europa en las próximas semanas.

Médico robó vacunas contra el covid-19 para sus amigos y familiares en EE.UU.

Un médico del Condado de Harris, en el sur de Estados Unidos, fue denunciado por robar un frasco con vacunas para combatir el covid-19, según anunciaron autoridades de la localidad. 

En un comunicado de prensa de la oficina del Fiscal del Distrito de Harris, conocido el 25 de enero del 2021, se informó que el doctor Hasan Gokal robó un contenedor con nueve dosis del antídoto, mientras trabajaba en el centro de vacunación del condado en Lyndsay Lyons Park, el pasado 29 de diciembre del 2020.

Gokal le contó a un compañero de trabajo lo que había hecho y fue su colega quien lo denunció con los supervisores. Las autoridades investigaron y despidieron al empleado.

«Abusó de su posición para beneficiar a sus amigos y familiares ante personas que habían pasado por el proceso legal para recibir la vacuna», dijo el fiscal de distrito Kim Ogg, quien estaba encargado del caso. «Lo que hizo fue ilegal y será responsable ante la ley», puntualizó. Gokal ha sido procesado por la División de Corrupción Pública de la Oficina del Fiscal de Distrito del Condado de Harris.

Un funcionario público lo acusa de robo y podría ser sentenciado a un año de cárcel y una multa de USD 4000. Por su parte, el abogado de Gokal, Paul Doyle, también expresó su posición ante lo sucedido:

«El Dr. Gokal es un servidor público dedicado, que se aseguró de que las dosis de la vacuna en contra covid-19 que de otro modo hubieran expirado fueran a los brazos de las personas que cumplían con los criterios para recibirla.

El condado de Harris hubiera preferido que el Dr. Gokal dejara que las vacunas se desperdiciaran… Esperamos que llegue nuestro día en la Corte para corregir este error «, aclaró el experto en leyes.

Fuente: El Comercio

Mi interminable pesadilla de COVID: sigo enferma después de seis meses

Una reportera del Times contrajo el coronavirus durante el brote de la ciudad de Nueva York en abril pasado, ero la fase aguda de la enfermedad fue solo el comienzo (Foto: REUTERS/Jose Cabezas)

Recuerdo la segunda vez que pensé que iba a morir.

La primera vez fue el 17 de abril de 2020, cuando, después de descubrir que tenía COVID-19 nueve días antes con dolores y tos, mi fiebre se disparó a 101.8, apenas podía respirar y mi médico familiar me dijo que tenía neumonía bacteriana.

Fue una época de riesgo para los neoyorquinos. Aproximadamente uno de cada tres pacientes ingresados en hospitales con COVID morían solos en sus camas, mientras que los camiones refrigerados vigilaban afuera para sostener los cuerpos. Algunas noches escuché hasta siete ambulancias por hora en las calles debajo de mi departamento en Upper West Side. Mi médico, que llamaba a diario, me diagnosticó neumonía después de escucharme respirar por teléfono. Ella juró mantenerme fuera del hospital y me recetó un antibiótico potente que me dejó con las rodillas débiles y mareada. A los pocos días, la neumonía comenzó a desaparecer, pero me quedé con tos, náuseas, fiebre y presión en el pecho que a veces era tan severa que sentí como si me hubieran colocado un yunque en la caja torácica y no pudiera recuperar el aliento.

La segunda vez que pensé que iba a morir fue diferente, pero inquietantemente igual. Era el 22 de junio, casi tres meses después del diagnóstico inicial. Para entonces, la tos se había suavizado y ya había pasado la fase aguda de COVID-19, con dos diagnósticos negativos. La opresión en el pecho había desaparecido, reemplazada por un dolor persistente. Había perdido 3.62 kilos debido a que las náuseas se apoderaron de mi apetito y mi corazón parecía acelerarse sin razón. Estaba tan cansada que a veces me quedaba dormida en mi silla. La fiebre también persistió.

En ese día despejado de junio, la temperatura exterior rondaba los agradables 85. Estaba sentada en el sofá, trabajando en mi computadora portátil cuando, alrededor de las 4:00 de la tarde, el dolor de pecho aplastante que experimenté durante los primeros días de COVID repentinamente regresó. Mi pulso se aceleró y un manto de calor se reunió alrededor de mis hombros, subió por mi cuello y tragó mi cabeza. Empecé a sudar. Sentí como si me estuvieran exprimiendo el aire de los pulmones. Respira, me dije. Respira. Me levanté jadeando y caminé hacia la ventana para mirar afuera.

¿Puede suceder esto de nuevo? Hice lo que hice durante mis peores días con COVID: me acosté boca abajo en mi cama y respiré hondo hasta que pasó la presión. Llamé a mi médico de cabecera, quien me dio el nombre de un especialista en enfermedades infecciosas. Unos días después, estaba en el consultorio del especialista y él examinaba mi pecho.

Mientras hablábamos, hojeé un pequeño cuaderno negro donde garabateaba síntomas diarios:

16 de junio: cansadaDolor de pecho en el lado izquierdo.

19 de junio: agotada. Fiebre 100.1.

21 de junio: dolor leve en el pecho. Me sentí bien. Tomó un paseo.

Leí mis notas y una mirada de preocupación cruzó su rostro. Giró en su silla, tomó su teléfono y volvió a dejarlo. “No quiero enviarte a la sala de emergencias”, dijo.

“Uh-oh”, pensé para mí.

Me dijo que uno de sus otros pacientes con COVID tenía síntomas similares. “Me preocupa que pueda tener una embolia pulmonar. Necesitamos hacerte la prueba“. Un coágulo de sangre podría haber viajado a mi pulmón desde otra parte de mi cuerpo. Esperé 30 minutos para que mi seguro aprobara una angiografía por tomografía computarizada, para la cual los técnicos inyectaban tinte en mis venas para producir imágenes de mi corazón y los vasos sanguíneos de mis pulmones.

Este es un virus nuevo”, dijo el especialista. “Y solo estamos averiguando qué es”.

Asentí. “Todos somos experimentos científicos, ¿no es así, Doc?”, dije, probablemente más para mi beneficio que para él. No quería admitir lo asustada que estaba. Mis síntomas eran aparentemente tan aleatorios que estaba en un estado de alerta máxima. Todos estaban lidiando con el coronavirus: los médicos intentaban comprender algo que nunca habían visto antes, los científicos se apresuraban a encontrar una vacuna y gente como yo que no sabía si la fiebre alta y la tos eran simplemente una molestia o el comienzo de su desaparición.

Laura M. Holson se contagió de COVID y seis meses después continúa con los síntomas (Foto: Adam Ferguson for The New York Times)
Laura M. Holson se contagió de COVID y seis meses después continúa con los síntomas (Foto: Adam Ferguson for The New York Times)

Casi 23.5 millones de personas en los Estados Unidos contrajeron COVID-19 a mediados de enero, según la Universidad Johns Hopkins, y el número de muertes es la asombrosa cifra de 391,081. Lo que se ha discutido menos es que, para algunos de nosotros, meses de síntomas persistentes hacen que uno se pregunte si alguna vez volverá a estar bien. Entre los que tenían el virus, los médicos estimaron desde el principio que decenas de miles de personas experimentaron la ira de COVID mucho después de que el virus abandonara sus cuerpos. Fiebre. Fatiga. Palpitaciones del corazón y “niebla mental”. Estos son algunos de los síntomas habituales a largo plazo. Para otras personas, la experiencia es mucho peor e incluye inflamación del corazón, accidente cerebrovascular, daño renal, incapacidad para concentrarse y depresión.

A pesar de esas primeras estimaciones, nadie sabe realmente cuántas personas sufren de “COVID persistente”. Los investigadores comenzaron a profundizar en la ciencia, guiados por las legiones de enfermos que fueron hospitalizados desde el principio o movilizados en foros en línea para compartir historias y ofrecer apoyo. Un nuevo estudio de 1,733 pacientes de COVID-19 que fueron dados de alta de un hospital en Wuhan, China, el epicentro original de la pandemia, sugiere que las tres cuartas partes de esos pacientes tenían al menos un síntoma, como fatiga, debilidad muscular o función pulmonar disminuida después de seis meses. No son solo los gravemente enfermos quienes sufren. Un estudio de EEUU mostró que los síntomas incluso persistieron entre algunas personas con casos leves, incluidos los adultos jóvenes.

El coronavirus afecta a cada persona de manera diferente, y lo que he aprendido estos últimos nueve meses es que mi recuperación es singularmente mía. Vivo sola y, después de que comenzó el encierro, trabajé desde mi casa en mi trabajo como editora visual en The New York Times. Salí de mi apartamento solo unas pocas veces antes de enfermarme para ir al supermercado y a la oficina de correos. Cinco días después de mi viaje a la oficina de correos (donde acudí con un cubrebocas puesto y unos más de repuesto), tuve fiebre y mi cuerpo se estremeció con escalofríos. Inicialmente, mi médico esperaba que me recuperara rápidamente, dado que tenía más de 50 años, gozaba de buena salud y no tenía afecciones preexistentes. Caminaba regularmente cuatro millas al día y nadaba en el gimnasio. Pero pocas personas comprendieron realmente la invasión de COVID la primavera pasada. Pasarían siete semanas antes de volver a trabajar, y cuando lo hice, todavía no me sentía bien. Supuse que la fatiga, la tos y el dolor de pecho que persistían desaparecerían. Solo necesitaba tiempo para arreglarme. Las pruebas médicas mostraron que los marcadores de inflamación en mi cuerpo estaban elevados, lo que significaba que todavía estaba luchando contra los restos del virus. Y mi nivel de dímero D, que medía la posibilidad de un coágulo de sangre, también estaba elevado. Algunas personas tienen inflamación después de un virus que puede presentarse como fatiga, escalofríos, problemas de memoria y dolores de cabeza. Pero la enfermedad COVID-19 tiene otros atributos únicos. Recientemente, un estudio de los Institutos Nacionales de Salud vinculó a la enfermedad y la respuesta inflamatoria del cuerpo al daño microvascular de los vasos sanguíneos en el cerebro. Esta idea, que el COVID afecta los vasos sanguíneos pequeños, podría explicar por qué el virus afecta a muchas partes del cuerpo.

El problema con los niveles de dímero D estaba relacionado, pero era distinto. Los médicos del hospital de Nueva York habían visto un aumento en los niveles de dímero D entre sus pacientes más enfermos. En abril, por ejemplo, dos médicos de la Escuela de Medicina Icahn en Mount Sinai escribieron en The New Yorker sobre pacientes que murieron de accidentes cerebrovasculares o sufrieron de coagulación sanguínea hiperactiva. Mi nivel de dímero D era infinitesimal en comparación con esos pacientes. Pero la investigación fue inquietante. Entonces, cuando mi dolor en el pecho regresó la semana después de que comencé a trabajar nuevamente en mayo, esta vez, como un dolor punzante debajo de mi seno izquierdo, seguido de una fiebre de 100,5, mi médico investigó más.

Ordenó una exploración de mis pulmones para ver si aparecían opacidades de vidrio esmerilado o parches de color claro, una señal de que el COVID-19 había afectado mis pulmones. También ordenó un electrocardiograma de mi corazón y una ecografía de mis extremidades inferiores para detectar coágulos de sangre.

Mi médico familiar reconoció desde el principio la perniciosidad de este nuevo virus. Su atención a mis síntomas fue una ventaja médica de la que muchos otros carecieron durante la pandemia. Los afroamericanos e hispanoamericanos que han contraído COVID han tenido peores resultados que los blancos debido a factores sociales y ambientales, según estudios recientes. Soy blanca y tengo un seguro médico generoso, una familia que me apoya y un médico que me conoce desde hace 12 años y está conectado dentro de la comunidad médica. Desde el principio me di cuenta de que si seguía su consejo, tenía muchas posibilidades de recuperarme. Pero cuando los resultados de mis pruebas parecían normales, todavía me sentía incómoda. Dos meses después de contraer el virus, no podía predecir qué parte de mi cuerpo se volvería loca a continuación.

A principios de junio, mi cabello comenzó a caerse algunos mechones a la vez. Pensé que lo estaba peinando con demasiada fuerza o que el cambio de clima traía consigo un desprendimiento de primavera. Pero todas las mañanas, después de la ducha, encontraba mechones de cabello rubio mojado pegados al fondo de la bañera. Usar un secador de pelo aceleró la pérdida, y se me pegaban a los dedos grumos más grandes, que tiraba como algodón aireado a la basura. Mi médico pensó que se debía al estrés causado por el virus. Otras mujeres que contrajeron el coronavirus también publicaron fotos en Facebook de su pérdida de cabelloTodo lo que sabía era que tenía menos cabello después de Covid que antes.

Más irritante fue la niebla mental que, para los sobrevivientes de COVID, puede incluir pérdida de memoria, confusión, dificultad para concentrarse y mareos. Cuando regresé al trabajo, me encontré perdiendo el hilo de mis pensamientos a mitad de la oración. Algunos días sentía como si las palabras se arremolinaran en mi mente como letras en un plato de sopa de letras que se revuelven con una cuchara. Podía ver las palabras formándose, pero no estaba segura en qué orden deberían estar. Una tarde de mediados de junio, me tomó 20 minutos escribir un párrafo que, en un día típico, me tomó una cuarta parte de ese tiempo. Lo que siguió fue francamente extraño: una corriente eléctrica, o lo que se sintió como una, viajó desde el lado izquierdo de mi pecho, subió por mi cuello y se detuvo en un punto en el lado derecho de mi cráneo.

(Foto: EFE/Sebastiao Moreira)

La sensación se desvaneció tan rápido como apareció, así que volví a escribir. Hablé al respecto con mi médico y ninguno de los dos pudo dar una explicación. Todo lo que puedo decir es que estaba exhausta esa semana. Solo cansada hasta los huesos.

Unos días después pensé que iba a morir por segunda vez y me encontré en la oficina del especialista en enfermedades infecciosas. El 26 de junio, llamó con los resultados de mi angiografía por TC. La prueba no detectó embolia pulmonar. Lo que sea que haya sucedido parecía haberse resuelto por sí solo, dijo; sin embargo, los marcadores de inflamación en mi cuerpo y los niveles de dímero D permanecieron elevados, a pesar de que habían mejorado con respecto a pruebas anteriores. Este fue otro sello distintivo de la recuperación: las ganancias fueron en incremento. Lo bueno, dijo el especialista, era que los números bajaban.

Él fue quien ordenó una licencia del trabajo de seis semanas para que pudiera descansar. Cuando tuviera más días buenos seguidos que malos, estaría mejorando, dijo. Pero me advirtió que podría llevar meses.

Tener la enfermedad durante mucho tiempo impuso un cierto orden sobre la vida. En julio, había bajado mi rutina. Dormía 10 horas al día o más. Al despertar, me tomé la temperatura. A continuación, medía la cantidad de oxígeno en mi sangre usando un oxímetro de pulso. Repetía esto tres veces al día, a veces más, dependiendo de cómo me sintiera. En abril, cuando di positivo por COVID, tenía un nivel de oxígeno en sangre del 95 por ciento. Eso fue bajo para mí, pero no inesperado dado que estaba enferma. Mejoró significativamente después de que me recuperé de la neumonía, rondando el 99 por ciento.

Mi temperatura fue una historia diferente. Antes del COVID, era un 97.9 constante. Pero después de contraer el virus, subiría a 99.5 a las 7:00 de la noche la mayoría de los días. Fue un desarrollo desconcertante y continuó durante meses. El especialista dijo que lo más probable es que se deba a una inflamación. Mi cuerpo necesitaba tiempo para sanar.

Para evitar el desacondicionamiento después de meses de inactividad, caminé por los campos de césped de Central Park al menos tres veces por semana. A veces avanzaba una milla, otras apenas cuatro cuadras, seguido de una siesta de dos horas. El ejercicio fue bienvenido porque fue un cambio de disposición. Desde el cierre, mi departamento había servido como mi hogar, un lugar de trabajo y una enfermería.

El 9 de julio comenzó como cualquier otro día en la vida posterior a COVID. Mi temperatura era de 98.3 por la mañana y subió a 99.7 a las 7:00 de la noche.No pensé mucho en eso cuando llamé a mi hermano; para entonces ya estaba acostumbrado a las fluctuaciones de temperatura. Pero alrededor de las 11 de la noche, mientras él y yo nos compadecíamos de los incendios forestales del estado de California, comencé a sentirme mareada. Entonces, lo que se sintió como una bola cálida se reunió en la parte superior de mis hombros y comenzó a elevarse, hasta que toda mi cabeza quedó envuelta en calor. Entré en pánico y colgué el teléfono porque no quería alarmar a mi hermano.

(Foto: EFE/EPA/CRISTOBAL HERRERA)

Gotas de sudor se formaron en mi frente. Mi cabello estaba saturado de sudor en las raíces. A los pocos minutos, todo mi cuerpo estaba empapado: la parte de atrás de mis rodillas, mis antebrazos y espinillas, incluso el pliegue de piel donde se juntaban mi cadera y mi muslo. Era como si mi termostato interno se hubiera vuelto loco y cada centímetro de mi cuerpo se sobrecalentara a la vez. Me tomé la temperatura a la medianoche, era de 100.1 y estaba subiendo, y envolví mi cabeza en hielo para refrescarme. Me acosté, esperando que la fiebre se calmara. Cuando no fue así, llamé a una amiga cercana y le pedí que me enviara un mensaje de texto por la mañana. Si no respondía, debía llamarme. Si no contestaba, debería llamar a una ambulancia. Estaba aterrorizada de no despertarme. Tomé dos Advil y me metí en la cama.

Por la mañana, la fiebre desapareció. Pero había sido reemplazada por una ola de escalofríos convulsivos que persistieron durante dos horas. Me di una ducha tibia, un poco más de Advil y bebí un litro de agua, preocupada de que me deshidratara. Mi temperatura rondaba los 99 y estaba agotado. Me arrastré de nuevo a la cama y me quedé allí todo el día, entrando y saliendo del sueño mientras veía episodios de la serie “Game of Thrones”. Me sentí renovada cuando me desperté, lo que no es de extrañar dado que había dormido la mayor parte de las últimas 24 horas. Fui a caminar. A las 7:00 de la noche, como esperaba, mi temperatura volvió a subir, solo que esta vez fue acompañada de escalofríos y calor corporal. Mi cara estaba sonrojada y, como lo hicieron dos noches antes, gotas de sudor cubrían mi frente.

No, no, no, me dije. Esto no puede estar sucediendo. Quizás a través de la fuerza de mi voluntad, podría hacer que mi fiebre desapareciera. Me puse bolsas de hielo en la espalda, sobre todo porque me sentía bien, y volví a llamar a mi amigo. Esta noche iba a ser dura, le dije. Bebí agua y me metí en la cama, abrumado por la fatiga. Allí me quedé dormida a las 11 de la noche y no me desperté hasta el mediodía. Tan pronto como aparecieron los escalofríos, la fiebre y la fatiga, desaparecieron. Como en la película “Groundhog Day”, reviviría lo peor del COVID-19 una y otra vez hasta que, con suerte, algún día, no lo haría.

Pero lidiar con las repercusiones físicas de la COVID fue solo la mitad de la batalla. Ansiaba ver amigos cercanos, la mayoría de los cuales vivían lejos. Otros amigos proyectaban sus miedos y preocupaciones sobre mí al mismo tiempo que yo estaba lidiando con los míos. Un amigo contó la historia de un atleta, un corredor de toda la vida, que contrajo el virus y apenas podía caminar unas pocas cuadras después de cinco meses. Tenía problemas respiratorios y ella no estaba mejorando a pesar de la intervención médica.

“¿No es eso horrible?”, dijo mi amigo

Sí, lo era. También me asustó. Traté de cambiar de tema, pero mi amigo continuó.

“Por favor, detente”, le dije. “Esto no me ayudando”.

Otra persona quería hablar sobre cómo se sentía tener COVID-19. Acepté estas solicitudes, principalmente porque había tanta desinformación que lo vi como una oportunidad para educar. Dicha persona preguntó cómo y dónde me contagié. También exploró en la extensión de mis dolores corporales y qué pruebas se realizaron. Tenía una curiosidad inusual sobre mi pronóstico. Entonces, me di cuenta. Fui el accidente automovilístico en el que la gente redujo la velocidad para mirar con los ojos al costado de la carretera y se alegran de no haber sido ellos.

Cuando terminé, me preguntó: “¿No puedes tomar nada para eso?”

“No hay cura para el COVID”, dije. “Créeme. Si pudiera tomar algo, ya lo habría hecho “.

Encuentros como estos me dejaron agotada. Entonces comencé a evitarlos por completo. En cambio, me concentré en las cosas que me daban alegría: la lectura y los amigos de Box Sessions, un festival de creatividad que fundé y organicé a principios de año. Los observadores de aves de Central Park me cautivaron en Twitter. (Pasé mucho tiempo en línea). Mi círculo de contactos se hizo más pequeño y, con él, las conversaciones se volvieron más significativas. Menos se convirtió en más: me di el espacio que necesitaba para mejorar. De esa manera, el virus fue un maestro astuto.

(Foto:  REUTERS /Shannon Stapleton)
(Foto: REUTERS /Shannon Stapleton)

En agosto, una semana antes de que volviera a trabajar, un cardiólogo publicó un artículo de opinión en The Times que describía el peligro para los atletas que experimentaban miocarditis asociada a la COVID-19 o inflamación del corazón. Había empezado a leer cualquier cosa (artículos de noticias, informes médicos, incluso grupos de apoyo en línea) que pudieran explicar mis síntomas. Quizás la inflamación explicaría el dolor en mi pecho. Le envié un correo electrónico a mi médico. “En el ámbito de ‘los pacientes deben mantenerse alejados de Internet’ (¡ja!), leí este artículo en The Times sobre COVID y enfermedades cardíacas”, escribí. “¿Es esto algo en lo que debería pensar?” Ella sugirió que viera a un cardiólogo.

El 3 de septiembre, el día de mi cita, apenas podía moverme, estaba tan cansada, pero no me lo quería perder. El cardiólogo asintió con la cabeza desde detrás de su escritorio mientras yo describía los latidos de mi corazón, la fatiga y la falta de aire ocasional. Dijo que había visto a cientos de pacientes con COVID-19 desde marzo y muchos tenían síntomas erráticos como el mío. Programó un ecocardiograma en tres semanas. Esa noche, mi temperatura subió a 100 y me metí en la cama para ver una repetición del día que Félix Auger-Aliassime derrotó a Andy Murray en el U.S. Open.

A la mañana siguiente, el viernes anterior al Día del Trabajo, no me sentí mucho mejor. No había experimentado una fatiga tan severa desde abril. Mejorarse siempre fue una propuesta de un paso adelante, dos pasos atrás. Pero esto se sintió como si no hubiera pasos hacia adelante, cinco meses atrás. Me resigné a descansar el fin de semana para poder visitar el Museo Metropolitano de Arte el domingo con un amigo, pero cuando llegó la mañana, no solo estaba cansada; también estaba mareada; sin embargo, estaba decidida a ir, aunque sólo fuera para sentir algo parecido a la normalidad.

Fue algo laborioso desde el principio. Una pequeña colina que subí fácilmente dos semanas antes me dejó sin aliento. Dos veces tropecé con un tramo de escaleras. La caminata, normalmente unos 20 minutos enérgicos, tomó el doble. Dentro del museo, me sentí abrumado por el calor mezclado con mareos y pasé la mayor parte del tiempo en un banco en el techo. Duró apenas 45 minutos y tuve que tomar un taxi a casa. Esa tarde dormí tres horas. Me quedé en la cama los dos días siguientes. Esto se sintió como un revés significativo, pero no tenía nada a lo que atribuirme. Nada en mi rutina había cambiado. Simplemente no podía hacer que mi cuerpo hiciera lo que no quería hacer. Se curaría a su debido tiempo.

Unas semanas más tarde, el ecocardiograma no mostró inflamación del corazón. La noticia fue bienvenida, pero algo me molestó: si no podía averiguar qué estaba causando mis síntomas, ¿cómo podría tratarlos? No era la única persona que pensaba en esto. Desde marzo, los estudios de investigación y los centros de tratamiento han estado apareciendo en todo el país para ayudar a desentrañar el misterio a largo plazo de la COVID-19.

Uno de ellos está en la Universidad de California, San Francisco. Allí, Michael Peluso, un médico de enfermedades infecciosas y co-investigador principal de un estudio del impacto a largo plazo de la enfermedad, y su equipo han estado entrevistando a unos 250 sobrevivientes de COVID-19 desde abril. En las primeras entrevistas con los sujetos, Peluso me dijo recientemente que marcaría una lista de posibles síntomas de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades. Rápidamente descubrió que los síntomas de algunas personas diferían de la lista inicial del C.D.C. Los pacientes describieron olores fantasmas, como cigarrillos quemados o carne quemada, dijo. Otros se quejaron de presión arterial baja que resultó en desmayos. “Nunca supe lo que la gente iba a decir”, dijo. “La gente experimentaba periódicamente palpitaciones del corazón o falta de aire de la nada”. Peluso dijo que él y su equipo fueron el primer punto de contacto que muchos participantes tuvieron con un médico desde que se enfermaron. “Destacó el desafío del acceso a una buena atención médica en Estados Unidos”, dijo.

Remarcó, además, que era demasiado pronto para sacar conclusiones sobre cómo prevenir o tratar el COVID-19 Persistente. Algunos investigadores están explorando el sistema vascular, incluida la coagulación sanguínea anormal. “Si los científicos pueden comprender el proceso biológico, es de esperar que podamos idear una forma de tratarlo”, dijo. Algunos participantes del estudio, aclaró, comenzaron a sentirse mejor solo ocho meses después del primer diagnóstico. “La parte difícil es que no hay una respuesta estándar para todos”, dijo Peluso, y agregó que “nos llevará un tiempo comprender por lo que hemos pasado colectivamente”.

El martes 3 de noviembre, dos meses después de mi revés en septiembre, visité a mi médico para un examen de seguimiento. Habían pasado casi siete meses desde que me contagié, y por las arrugas alrededor de sus ojos podía decir que estaba sonriendo debajo de su máscara.

“Te ves bastante bien”, dijo. “¿Como te sientes?”.

“¡Mi cabello está creciendo de nuevo!”, dije levantando una maraña de flequillos cortos.

Durante el último mes, había estado viviendo en una cabaña en Cape Cod que me ofreció un amigo. Allí, esperaba reactivar mi recuperación. Me concentré en ejercicios para fortalecer mis pulmones y aumentar mi resistencia. Comencé cada mañana con ejercicios de respiración que repetiría más tarde en el día. Hice caminatas de 30 minutos para aumentar la circulación sanguínea y, los fines de semana, caminatas más largas por toda la costa. Hice yoga para mejorar mi postura y simplifiqué mi dieta, comía principalmente frutas, verduras y pescado fresco. Cuando no estaba en el trabajo, me relajaba en la calma y dormía con una ventana abierta para respirar el aire fresco y salado. A medida que pasaban las semanas, el dolor de pecho y la fiebre se volvían menos palpables. Los escalofríos y los sudores nocturnos aleatorios cesaron en gran medida.

Sin embargo, el espectro de la infección nunca estuvo lejos de mi mente. Satisfecho con mi progreso, en esa cita del 3 de noviembre mi médico me dio una vacuna contra el tétanos, la difteria y la tos ferina porque estaba atrasado. Al día siguiente mi fiebre subió a 101.8 y mi cuerpo se estremeció con escalofríos. Atribuí la fiebre a la vacuna, pero al día siguiente, mi fiebre se disparó de nuevo y tenía un fuerte dolor de cabeza. Ni la fiebre ni el dolor de cabeza cedían. Le envié un mensaje de texto a mi médico. “Estoy bebiendo agua”, escribí. “Puedo contener la respiración hasta 10 o más. Tengo la nariz congestionada. Tengo gusto. No estoy segura de qué hacer, pero sabía que debería registrarme dado todo lo que sucedía“.

Mi mente daba vueltas. “Solo he salido dos veces en la última semana”, escribí y agregué, “aparte de eso, he estado sola”. Esperé su respuesta.

Probablemente una reacción a la vacuna, escribió.

(Foto: REUTERS/Sergey Pivovarov)

Intelectualmente, sabía que tenía razón. Me avergoncé cuando llamó a la mañana siguiente. “Sabía lo que estabas pensando”, dijo, con voz conocedora. “Pero no tienes COVID”.

Unos días después, recuperó las pruebas de mi cita: mis marcadores de inflamación habían vuelto a la normalidad. También di positivo para anticuerpos, lo que significaba que tenía cierto nivel de inmunidad. No puedo precisar exactamente cuándo me sentí “mejor”. Sin embargo, para el Día de Acción de Gracias, noté que la fiebre había disminuido. Mi respiración era menos trabajosa. Todavía estaba fatigado, a veces pasaba la mitad del sábado en la cama recuperándome de la semana. Pero parecía tener más días buenos seguidos que malos. La vida se acercaba a la normalidad.

A principios de diciembre, los Institutos Nacionales de Salud llevaron a cabo su primer taller sobre COVID, diciendo que planteaba una crisis inminente y que debía tomarse en serio como un síndrome. El Dr. Anthony S. Fauci, el principal experto en enfermedades infecciosas del país, dijo a una multitud de investigadores médicos, doctores y funcionarios de salud pública que incluso si durante mucho tiempo el COVID afectó a una pequeña proporción de los millones de personas infectadas con el virus, » va a representar un importante problema de salud pública“.

A principios de este año escuché una entrevista con Craig Spencer, director de salud global en medicina de emergencia en New York-Presbyterian / Columbia University Medical Center. Spencer estaba en la primera línea de la crisis de COVID cuando los hospitales se vieron desbordados en la primavera. Igual de importante, él es uno de los pocos estadounidenses que sobrevivieron después de contraer el virus del Ébola en 2014 mientras trabajaba con pacientes infectados en Guinea.

Llamé y pregunté si había alguna lección que los pacientes de COVID pudieran aprender de su experiencia. Spencer dijo que se recuperó pero que aún tenía problemas menores por el virus. Su memoria, por ejemplo, no era tan aguda como solía ser, dijo, aunque la mayoría de la gente no se daría cuenta. Él y su esposa acaban de tener un bebé, su segundo hijo. “Estoy agradecido de estar vivo”, dijo. “Y si este es el impacto a largo plazo, lo estoy haciendo bastante bien”.

Para mí, la vida vuelve lentamente a lo que era en los días anteriores a la enfermedad, incluso cuando he aceptado que nada se sentirá natural durante esta pandemia. Todavía me canso y duermo más de lo que quiero, pero no le envío tanto texto a mi médico y el hielo de mi congelador se usa para bebidas, no para compresas frías. Como diría mi médico, me estoy moviendo en la dirección correcta. Pero mi termómetro y oxímetro de pulso permanecen en el tocador junto a mi cama para que pueda usarlos todas las mañanas. Tal vez sea solo por la sensación de seguridad que brindan, pero todavía no estoy lista para moverlos al mueble del baño. No creo que esté listo para hacer eso por mucho tiempo.

(c) The New York Times, 2021
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