Los peligros de estresar a tu hijo sin justificación

El estrés es un mecanismo neurobiológico que se activa en situaciones de peligro inminente para favorecer nuestra sobrevivencia. Cuando se presenta o se percibe un peligro, liberamos hormonas como el cortisol,  que viajan por el torrente sanguíneo, que mandan la señal a todo nuestro cuerpo de que se prepare para defenderse o protegerse.

Estas hormonas en cantidades necesarias cumplen con la función de ayudarnos a actuar para sobrevivir ante amenazas, pero en cantidades exageradas tiene efectos tóxicos para la salud. Es decir que no podemos mantenernos mucho tiempo estresados. El mecanismo de estrés debería ser circunstancial o excepcional. Nuestro cuerpo no está equipado para sobrellevarlo constantemente. 

Los niños por su condición de inmadurez y alta dependencia se estresan fácilmente, además no saben ni pueden gestionar las situaciones de estrés por sí solos. Ellos dependen de los adultos de confianza para que los protejan o los defiendan, y también para que les ayuden a retornar al estado habitual de seguridad y equilibrio necesarios para desarrollarse bien.  

Como progenitores o adultos responsables en primer lugar debemos satisfacer, sin dilatar,  las necesidades de regulación de nuestro hijo o hija toda vez que experimente situaciones inevitables de estrés (miedo o angustia de separación cuando está solo, dolor o malestar por enfermedad, hambre, cansancio) Es importante ayudarlos a calmarse y sentirse seguros. 

En segundo lugar los padres debemos procurar ambientes de crianza con cero estrés innecesario. Castigos, ignorar el llanto del niño, transmitirles miedo y amenazas para que obedezcan o aprendan a comportarse… en resumen la soledad, la falta de respuesta inmediata a sus necesidades básicas instintivas, los malos tratos, generan miedo, angustia y estrés en los niños.  

La exposición crónica o repetitiva a las situaciones estresantes perjudica el desarrollo del cerebro en formación de las criaturas, afectando su amígdala cerebral responsable del aprendizaje y la respuesta emocional.  El estrés crónico e innecesario dinamita la confianza básica, la fortaleza emocional, creando a la larga problemas de aprendizaje, predisposición a conductas disruptivas, depresión, ansiedad y violencia en tus hijos.   

A menudo se escucha decir a progenitores, educadores y profesionales de la salud (incluyendo a reputados pediatras, educadores o psicólogos)  que para educar o socializar a los niños hay que provocarles frustración o malestar negando su deseo o sus pedidos de auxilio vital. Se recomienda dilatar o directamente no prestar atención a los reclamos de un niño. Se dice que hay que dejarlos llorar para que no se malcríen, que no hay que responder en todo momento al llanto de los niños para que aprendan que en la vida no siempre se puede obtener lo que se desea y tolerar los límites de la convivencia.

Se piensa que esa es la manera como los niños aprenden a esperar, que no los debemos complacer (aunque esté en nuestras posibilidades hacerlo) con el objetivo de obligarles a ejercitar la tolerancia a la frustración, pero no nos advierten que con esta forma de educar estamos causando  estrés innecesario.  

En la vida siempre suceden de forma natural e inevitable experiencias de estrés y de frustración que acompañadas desde el bienestar y la empatía, permitirán que tu hijo o hija   asimile  progresivamente que no todo deseo puede ser satisfecho siempre ni de inmediato. 

La capacidad de reconocimiento de la realidad de los límites de nuestro entorno no se adquiere frustrando y estresando innecesariamente de forma repetitiva a tus hijos. Con ello solo conseguirás hipersensibilizarlos al miedo, al dolor, hacer que desarrollen sentimientos conscientes o inconscientes de rabia, ira, pesimismo, pérdida de confianza en sí mismos y en los demás, en sus propias capacidades. 

Los niños no necesitan ni deben ser sometidos a sufrimiento estéril en ninguna circunstancias y mucho menos como estrategia para aprender cosas o para socializar. El aprendizaje que se establece desde el bienestar genera buena salud mental. El aprendizaje que establecemos desde el malestar, genera traumas e interferencias en el desarrollo en detrimento de la salud mental infantil. 

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